Cada martes a las tres de la tarde es hora hora de taller. Una a una se van conectando: Teresa desde 9 de Julio, Marcela desde su estudio de yoga, Magui desde Madrid, Silvia, Norma, Vero, también Graciela y Alicia; se saludan, retoman la conversación de la semana pasada, comentansus lecturas. Marilina muchas veces se conecta en el metro, camino a su casa desde el hospice donde trabaja. En este grupo de mujeres cálidas y talentosas, ella es nuestra cronista en Londres. Ya sea que escriba de sus pacientes, de sus obsesiones con el lenguaje, de su familia en Cañada de Gómez, de sus amigos, de algún viaje, en sus textos siempre encontramos una mirada lúcida y humana, una mente que no para de hacerse preguntas, un humor que nos deja pensando.
Va este texto de muestra: un año, tres novelas y Londres hoy.
(Alejandra Bargo)
Mil nueve ochenta y cuatro, por Marilina Monti
El año que viene es bisiesto, como el año en que nací. Soy categoría 84 como el Tetris, el Macintosh y el Nunca Más. Ese mismo año murió Julio Cortázar, mi autor favorito, y Milan Kundera publicó su novela más célebre: La insoportable levedad del ser. Este libro y Rayuela me llegaron tanto que hoy soy capaz de recitar algunas citas de memoria. 1984, además, es el título de otro de mis libros favoritos.
En agosto cumplo cuarenta y la entrada oficial a la mediana edad me encuentra viviendo en Londres, la ciudad donde transcurre el libro de Orwell. Cuando reflexiono sobre esto pienso cosas frívolas como: “Está buenísimo que el año sea bisiesto porque voy a tener treintipico un día más”. Pero otras veces me hago preguntas más trascendentales, por ejemplo: ¿estoy viviendo la vida que quiero vivir? ¿Es Londres mi lugar en el mundo? O, ¿cómo habría sido si todas esas novelas hubieran sido situadas acá?
Si Cortázar hubiese escrito Rayuela en Londres, la Maga y Oliveira se encontrarían cada noche en el Albert Bridge, ese blanco con tirantes y luces que cruza el Támesis a la altura de Chelsea.
En verano, con los días eternos, el encuentro casual sería al atardecer. Desde el puente, verían el agua marrón de la arteria líquida de esta ciudad teñida de rosa, y las luces les darían un halo aterciopelado a sus pieles pálidas. De noche se esconderían a fumar marihuana en las sombras largas que se alojan en los recovecos de las escalinatas.
Él viviría en un ático minúsculo y desordenado, lleno de papeles y libros de segunda mano, en Notting Hill. Ella vendría al encuentro en bicicleta, pedaleando desde una casa compartida con otros inmigrantes latinoamericanos en la ribera sur.
El paraguas de ella sería rojo, para combinar con los íconos de la ciudad y, en vez de rompérsele, se lo dejaría olvidado en el metro, la muy despistada.
Si la Maga y Oliveira balbucearan un poco el inglés, sus ges y jotas sonarían como shes. Y él, seguramente, lo hablaría mejor.
Secarían la yerba al radiador, porque de sol ni hablar y de comprar menos.
Rocamadour se llamaría Windermere y los miembros del Club de la Serpiente serían habitués de Ronnie Scott’s.
No habría capítulos prescindibles. Los 155 serían esenciales, pero habría tantas maneras de leerla que no cabrían en una vida.
Si Kundera hubiese escrito La insoportable levedad del ser en la Londres actual, la colina Petrin sería Hampstead Heath. Tomás trabajaría en finanzas en la City y Teresa sería voluntaria en una charity que ayudaría a gente en situación de calle, luego de crecer con una madre adicta a drogas endovenosas. Su perro se llamaría Mr. Darcy en vez de Karenin.
Sabina sería poliamorosa y viviría en Dalston, tratando de llevar una vida zero waste. Conocería a Tomás por Tinder, porque ella no pondría límite de edad ni de kilómetros. Su primera cita habría sido en un late de algún museo de arte. Luego de separarse de Teresa, Tomás haría estragos con esa aplicación y llevaría un registro de las nacionalidades de mujeres con las que se acostó, pero con quienes jamás se involucró.
El “Pequeño diccionario de palabras incomprendidas” incluiría términos como ghosting, gaslighting, love bombing y mansplaining. Pero la principal diferencia de puntos de vista entre los amantes vendría con las opiniones sobre el Brexit.
Los londoners hablarían una y otra vez de la levedad y el peso de ser inmigrantes, de la dificultad para comprar vivienda, de la circularidad del cielo gris.
La técnica de falsear los carteles para distraer al enemigo volvería a ser útil para hacer chistes pesados los April fools’ day, que es como el día de los inocentes acá. Londres es la ciudad que viene con indicaciones, y solo habría que cambiar un “look right” por un “look left” para causar accidentes de tránsito fatales. Bastaría con obviar el mind the gap en el metro para que los distraídos cayeran entre el tren y la plataforma. Aunque no se podrían excusar con eso del humor inglés.
La versión londinense y actual de La insoportable levedad del ser ahondaría en aspectos muy filosóficos de la especie humana y la diversidad cultural y tendría, por supuesto, su versión en podcast.
1984, de Orwell, ese libro que me cacheteó, me enseñó a prestar atención a ciertos discursos y del cual yo le hablaba hasta a los taxistas cuando lo estaba leyendo, sí está situado en Londres. Pero en un futuro distópico que quizás ya llegó.
El estado está en guerra intermitente con Eurasia, casi como hoy.
Hay un Gran Hermano que todo lo ve, como todo lo ven las cámaras ubicuas de CCTV.
Los que están en el poder tratan de imponer la neolengua para disminuir las posibilidades de expresión y reflexión. Hoy en los hogares de Londres se hablan más de 300 lenguas. Pero en la calle y globalmente ya lo lograron: la dominante es el inglés.
En 1984, los que piensan algo en contra del status quo se convierten en peligrosos crimentales. Hoy una se puede quejar abiertamente por Twitter, pero los dispositivos inteligentes son como la policía del pensamiento y graban todo. Y en vez de castigar un deseo consumista descarrilado o fuera de presupuesto, ofrecen que compremos esos productos que nombramos. A veces alcanza solo con pensarlos.
El doblepensar es la vida real y la virtual. Te muestro una foto de mi casa hermosa y ordenada, pero detrás de cámara es caos y humedad. Mirá qué linda que salí. Este filtro me alisa la piel y agrega un maquillaje natural.
El Ministerio del Amor es el British Museum trayéndose dos tercios de Partenón para protegerlo del sol y los griegos, que no saben conservarlo tan bien como ellos.
El Ministerio de la Paz es Priti Patel, exministra del Interior, deportando refugiados a Ruanda, para que tengan una vida mejor.
El Ministerio de la Abundancia son los banqueros subiendo los intereses y la inflación, pero haciéndonos creer que no es culpa del Brexit sino de la guerra en Rusia. Son los afiches en el metro, que publicitan como un beneficio nuevo que los menores de dos años viajan gratis. Hasta hace un tiempo viajaban gratis los menores de cuatro.
El Ministerio de la Verdad es internet: Doctor Google, el archivo de Facebook e Instagram, y los screenshots de conversaciones por WhatsApp.
La Habitación 101 es el lugar donde esperan los peores miedos. Para Winston Smith, el protagonista de 1984, son las ratas. Para los londoners de hoy son la factura de la electricidad, huelga general de transporte o un ataque terrorista en Oxford Street.
Cortázar escribió Rayuela en París y le quedó perfecta. Kundera escribió La insoportable levedad del ser en la Praga socialista y fue icónica. Orwell escribió 1984 en una Londres distópica y logró algo épico: le quedó siempre actual.



Qué lindo texto, me encantó. Cada vez que te lei viajo a Londres por un rato
Me encanto el remate. Muy bueno